miércoles, 1 de julio de 2015

Fabio Morábito




Miramos largamente el mar...

Miramos largamente el mar
después del pleito, sin hablarnos.
No la pasamos bien en Cádiz
esos dos días.
Sentí al decir que no quería
tener un hijo por ahora,
que había llegado a un punto divisorio.
Por vez primera fui muy claro.
Adiós ambigüedad,
me dije, bien precioso,
ya comenzó la cuenta regresiva.
Supe que existirías,
que era cuestión de tiempo.
Si iba a seguir con ella, claro.
Si iba a seguir contigo, en suma.
Y ella también,
después de arrinconarme
entre su ser y el mar, lo supo,
el mar que nos quedamos,
después del pleito,
mirando largamente sin hablarnos.
No la pasamos bien en Cádiz
esos dos días.
Ve alguna vez a Cádiz
junto al mar, sin nadie,
y mira el mar como nosotros lo miramos
y fúmate un cigarro, absorto, y piensa
que estás donde empezaste.


* * * *  *


Época de crisis

Este edificio tiene
los ladrillos huecos,
se llega a saber todo
de los otros,
se aprende a distinguir
las voces y los coitos.
Unos aprenden a fingir
que son felices,
otros que son profundos.
A veces algún beso
de los pisos altos
se pierde en los departamentos
inferiores,
hay que bajar a recogerlo:
“Mi beso, por favor,
si es tan amable”.
“Se lo guardé en papel periódico”.
Un edificio tiene
su época de oro,
los años y el desgaste
lo adelgazan,
le dan un parecido
con la vida que transcurre.
La arquitectura pierde peso
y gana la costumbre,
gana el decoro.
La jerarquía de las paredes
se disuelve,
el techo, el piso, todo
se hace cóncavo,
es cuando huyen los jóvenes,
le dan vuelta al mundo.
Quieren vivir en edificios
vírgenes,
quieren por techo el techo
y por paredes las paredes,
no quieren otra índole
de espacio.
Este edificio no contenta
a nadie,
está en su época de crisis
de derrumbarlo habría
que derrumbarlo ahora,
después va a ser difícil.


* * * * *


Los columpios

Los columpios no son noticia,
son simples como un hueso 
o como un horizonte, 
funcionan con un cuerpo 
y su manutención estriba 
en una mano de pintura 
cada tanto, 
cada generación los pinta 
de un color distinto 
(para realzar su infancia) 
pero los deja como son, 
no se investigan nuevas formas 
de columpios, 
no hay competencias de columpios, 
no se dan clases de columpio, 
nadie se roba los columpios, 
la radio no transmite rechinidos 
de columpios, 
cada generación los pinta 
de un color distinto 
para acordarse de ellos, 
ellos que inician a los niños 
en los paréntesis, 
en la melancolía, 
en la inutilidad de los esfuerzos 
para ser distintos, 
donde los niños queman 
sus reservas de imposible, 
sus últimas metamorfosis, 
hasta que un día, sin una gota 
de humedad, se bajan 
del columpio 
hacia sí mismos, 
hacia su nombre propio 
y verdadero, hacia 
su muerte todavía lejana.


* * * * *


Jirafa

Tú hablas de tú
a los arboles,
penetras con tu gran pregunta
entre las ramas,
no quieres nada de los pájaros,
no quieres nada de la hierba;
quieres sólo lo que sabe
a verde sin tristeza,
quieres el verde más inalcanzable.

Eres la gran apasionada de las hojas,
la gran apasionada de lo intacto,
buscas el verde que no existe en esta tierra,
eres la gran platónica.


* * * * *


Ruido

Los pleitos entre el hombre
y la mujer del cuatro,
el niño que berrea del once,
la radio eterna del catorce,
el taconeo nocturno
de los de arriba
que llegan del trabajo
mientras duermo:
así es cómo me llegas
a la médula, ciudad,
y no te dejas reducir
a mis horarios,
hasta mi almohada es tuya,
mi erotismo
¡Vivir rodeado de aire
que se lleve los ruidos
forrar de dobles vidrios
las ventanas,
no abrirle a nadie!
¿Pero qué haría metido en mí?
¿Escribiría en silencio
oyendo sólo el lápiz,
que es el peor ruido,
oyendo lo que escribo?
Yo no he nacido
para un centro,
sino para quejarme de su falta
(los centros me dan náusea),
y hago silencio
con mis versos,
pero son versos que hablan de ruido.

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